viernes, 16 de diciembre de 2011

REFLEXIÓN NAVIDEÑA

Son fechas muy especiales;
el Niño Dios aquí llega,
lo hace  como cada año
y en las mismas grandes fechas,
para  recordar a todos
que el odio no es cosa buena,
y a la envidia y malquerer
debemos dejarlos fuera.

Y por su amoroso ejemplo
la gente está  predispuesta
a olvidarse de rencores
de problemas y protestas,
de penurias y disgustos,
deseando Paz completa,
aún a costa de dejarse
famélica  la cartera,
porque ni El Gordo ni El Niño
con sus millones les   llegan.

Estas fechas  se reúnen
alrededor de las mesas,
que lucen esplendorosas,
adornadas y coquetas,
las familias al completo:
padres, hijos, nietos, suegras,
tíos, sobrinos y primos
con los  yernos y las nueras
dispuestos para gozar
de esas entrañables fechas,
olvidando, de momento,
los regímenes y dietas.
Porque estos días, no hay duda,
la mesa manda en las fiestas;
se celebran los eventos
entre comidas  y cenas,
que si no son familiares
son las llamadas de Empresa.


Ocurre  esto en cada año,
aunque no es cierta esa regla
por existir excepciones
que a menudo se reflejan;
muchas veces estos días
también, por desgracia, encierran
nostalgias de otro  pasado
- por sus  notables ausencias,
normales en cualquier casa -
y  rencores que se aumentan
por  el contacto obligado
entre personas, que piensan
de  maneras diferentes,
incluso que  no congenian,
y que por usos sociales
se juntan en estas fechas.
   Y que con las libaciones
se superan las barreras
que la buena educación
mantenía en vía muerta,
saltando a veces la chispa
que caliente sus cabezas
originando trifulcas
que alteran la convivencia,
produciendo hasta  morbosos  
titulares en la prensa.

De cualquier manera, opino,
sería  cosa  estupenda
que ese  espíritu feliz
y la  función terapéutica
que de estas fechas emana
fuera cuestión  duradera;
no sólo el fruto de días,
si no algo de más largueza
y hubiese más Navidades:
una al menos en quincena.

 Angel Sáez
 


                 Madrid, Navidad de 2005 ( revisado 2011)

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